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En Tierras Salvajes Capitulo 1 Access

Se giró. No había nadie.

Se levantó, enrolló el mapa con gesto casi ceremonial y lo guardó en el pecho, junto a la carta de despedida que nunca le entregó a su hija. Luego cargó su vieja mochila, ajustó el sombrero de ala ancha y comenzó a caminar hacia el este, hacia la sombra alargada de una montaña que parecía moverse con él.

A media mañana, cuando el sudor ya se había secado en su piel dejando costras de sal, encontró algo que no estaba en el mapa: un árbol. No cualquier árbol. Era un algarrobo añoso, torcido por los siglos, y en sus ramas colgaban cintas de tela desteñida. Decenas de ellas. Algunas eran rojas, otras azules, algunas negras. Todas atadas con un nudo apretado que parecía una oración.

La única respuesta fue el sol quemando la tierra. Y allá al fondo, entre las rocas, una sombra que no proyectaba sombra. en tierras salvajes capitulo 1

El viento no soplaba en aquel paraje; gemía. Arrastraba arena fina y color ocre que se colaba por cada rendija de la tienda de campaña. Martín despertó con la sensación de tener los pulmones llenos de polvo y el alma vacía de esperanza.

Capítulo 1: El último mapa

Se incorporó con esfuerzo. Afuera, el sol no calentaba: castigaba. A lo lejos, las formaciones rocosas semejaban bestias petrificadas a medio rugir. Todo era seco, hostil, infinito. Se giró

Martín revisó una vez más el mapa que lo había llevado hasta allí: un pergamino amarillento que compró a un mercenario en un puerto sucio del sur. En el centro, alguien había dibujado un círculo rojo con una sola palabra al lado: “Cuna” . Según la leyenda, aquel lugar ocultaba el manantial que no se agotaba jamás. Pero nadie que hubiera ido en su busca había regresado para confirmarlo.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, la mano en el cuchillo.

Pero el árbol tenía ahora una cinta más: la que él llevaba atada al sombrero. Alguien se la había quitado sin que él lo sintiera. Luego cargó su vieja mochila, ajustó el sombrero

—Eres un necio, Martín —se dijo en voz alta, solo para oír algo que no fuera el gemido del viento.

Martín se acercó con cautela. Al pie del tronco, medio enterrada en la arena, había una bota de cuero. Dentro, aún, los restos blancos de un pie.

El viento cambió entonces. Dejó de gemir. Y en el silencio que siguió, Martín escuchó algo que heló su sangre: no un rugido, no un aullido, sino un susurro. Alguien, muy cerca, dijo su nombre.