—No fue un accidente —le susurraron los fantasmas—. Fue un juego. Un juego de blancos de buena familia que se aburrían.
La puerta del motel se abrió sin que llamaran.
—Queda uno —dijo en voz alta, y su propia voz le sonó como el graznido de un cuervo. Escupire.Sobre.Sus.Tumbas.Capitulo.28
La noche anterior había enterrado a Joe. No con tierra, sino con un hierro. Lo recordaba con una claridad enfermiza: el sonido húmedo del golpe, el crujido de las costillas cediendo como ramas secas. Joe había sido el último eslabón de una cadena que se remontaba hasta el verano del odio. El verano en que Mary, su hermana pequeña, había aparecido flotando en el río con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no existía.
—¿Sabes lo que dijo Mary la última noche que la vi? —preguntó, sin esperar respuesta—. Dijo: "Anderson, algún día escupiré sobre sus tumbas". Tenía quince años. Ya entonces lo sabía. Ya entonces sabía que el mundo la iba a devorar. —No fue un accidente —le susurraron los fantasmas—
Lucy tomó su abrigo. No dijo nada más. No hacía falta.
Anderson se levantó despacio. Sus músculos dolían, pero era un dolor bueno, el dolor de quien ha dejado de ser presa para convertirse en cazador. Miró por la ventana empañada. Más allá del aparcamiento vacío, las luces de la ciudad parpadeaban como ojos hipócritas. La puerta del motel se abrió sin que llamaran
Anderson cargó su revólver, uno a uno, los seis cartuchos. Cada bala llevaba grabada una inicial. La última, la sexta, tenía una H mayúscula.
—Mañana —continuó Anderson, girándose hacia ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, el juez Harwick celebra la fiesta de su jubilación en la mansión de la colina. Estarán todos. Sus amigos, sus protectores, los mismos que compraron la impunidad con el sudor de los muertos.
Salieron al frío como dos sombras que hubieran olvidado sus cuerpos. El coche los esperaba, negro como un ataúd con ruedas. Anderson encendió el motor y el rugido fue un juramento.
Hasta ahora.