Tomo 2 | Memorias De Una Pulga
He visto más de lo que un insecto puede contar. He visto a un juez desnudarse con su secretaria mientras su esposa dormía en la habitación contigua. He visto a una monja guardar un vibrador dentro de una imagen de la Virgen del Carmen. He visto a un poeta llorar de impotencia no por la rima, sino porque su amante prefería al cochero.
La primera noche que pasé en la cabecera del Obispo, creí hallar el reposo eterno. ¡Ingenuo! Sus rezos antes de dormir eran largos, mecánicos, como quien ensaya un papel. Pero en cuanto apagaba la vela, sus manos —largas, pálidas, de uñas cuidadas— comenzaban un viacrucis muy distinto.
—El pecado no está en la obra, sino en la intención. Si tú me limpias la frente con tus dedos... ¿eso es acaso lujuria?
Fin del fragmento del Tomo 2 de Memorias de una Pulga . memorias de una pulga tomo 2
—Lo mismo que hacemos ahora, pero llorando —respondió él, y luego la besó de un modo que me hizo olvidar mi instinto de saltar.
Y sin embargo, querido lector, al llegar al final de este segundo tomo, debo confesar algo que jamás pensé escribir: la pulga también siente. No amor —eso es cosa de humanos—, sino una extraña ternura al verlos fracasar. Porque ustedes, los grandes, los dueños del mundo, los que aplastarían a mi familia con un dedo, son en la intimidad más ridículos y más bellos que cualquier bicho.
Tras sobrevivir al holocausto del baño de la Marquesa —aquella noche de vino y azufre—, salté hacia un nuevo continente: la cama del ilustrísimo Obispo de la Diócesis Secreta. Y fue allí, en el silencio de sus sábanas de hilo irlandés, donde comprendí que los pecados de la carne no entienden de hábitos ni de mitras. He visto más de lo que un insecto puede contar
No crean que abandoné aquella alcoba por falta de moral. La dejé por exceso de pulgas. Un hermano mío, más audaz, me contó que en el jardín de la condesa de Bérgamo se celebraban tertulias de otra naturaleza. Allí las esposas de los banqueros y los ministros se reunían para bordar... o eso decían. La verdad, amigo mío, era que bajo los rosales se escondían no solo pétalos, sino también calzoncillos de seda y cartas de amor escritas con sangre de labial.
—Inés —susurró él—, ¿has pensado en lo que hablamos en confesión?
No crean, amables lectores que me toman entre sus dedos —metafóricamente hablando, pues de hacerlo literalmente me enviarían al otro mundo— que el reposar sobre la almohada de una dama fue el final de mis aventuras. ¡Qué error! Una pulga de mi oficio y calibre no se retira jamás al jardín de las camelias sin antes haber visto lo que bulle tras los confesionarios, bajo las sotanas moradas, y entre los pliegues del poder que jamás se confiesan. He visto a un poeta llorar de impotencia
En la próxima entrega —si sobrevivo al incienso de la próxima catedral— les contaré cómo terminé en la liga de una princesa rusa y en el bolsillo de un embajador inglés. Pero por ahora, cierro este capítulo con una moraleja:
Allí, en el baile de sus caderas, la pulga aprendió que el adulterio no es más que el intento del cuerpo de recordarle al corazón que aún late. Y que el único pecado verdadero es aburrirse.
—¿Qué haríamos si nos descubrieran? —preguntó ella una noche, mientras se desprendía de sus enaguas.
—No, excelencia. Es caridad.
Memorias de una Pulga: Tomo 2 (Fragmento) Subtitle: En la alcoba del obispo y otros milagros Prólogo del segundo salto