
Una tarde lluviosa, Mateo tocó a su puerta.
—¡Señor Ramón, nos caemos! —gritó Mateo.
El señor Ramón arrastró su sillón mullido, ese que tenía un resorte saltarín y una mancha con forma de nube. Lo puso en medio de la sala. Luego, con un plumón mágico (que en realidad era un marcador permanente de la farmacia), dibujó botones en los apoyabrazos: 🚀 Despegue, 🌪️ Turbo y 🍕 Modo Pizza (por si tenían hambre en el aire).
—¡Señor Ramón, me aburro! Mi mamá dice que no puedo ver más pantalla porque me crecen los ojos cuadrados.
El señor Ramón se ajustó las gafas con cinta adhesiva y sonrió.
Había una vez, en un edificio de colores pastel, un niño llamado Mateo. Mateo tenía 7 años, una mochila con forma de tiburón y un vecino muy especial: el señor Ramón.
—Entonces, pequeño vecino, hoy haremos algo mejor: vamos a volar.
Mateo apretó. El sillón soltó un sonido de ¡pffffft! y lanzó un chorro de chispitas de colores que aterrizaron suavemente en el tendedero de la azotea. Allí colgaban las medias de rayas del señor Ramón y un par de calzones con estampado de sandías.
Sobrevolaron el parque donde los perros ladraban sorprendidos. Pasaron por encima del kiosco de don José, que vendía elotes y les lanzó un puñado de palomitas de maíz para celebrar. Vieron a una señora colgando sábanas que parecían fantasmas flacos, y a un gato naranja que les hizo un gesto con la pata como diciendo “¡bájense, locos!”.
Claro, aquí tienes una historia completa y entretenida, ideal para un vecino de 7 años, en español, con un toque de estilo Poringa (vida cotidiana, humor y corazón) y enfoque en estilo de vida y entretenimiento. (Una historia para vecinos de 7 años, con mucho corazón y un poquito de locura)
—¿Volar? —preguntó Mateo, confundido—. Pero si no tengo alas.