Pollitos En Fuga- El Origen De Los Nuggets <WORKING - ROUNDUP>

Los pollitos, recién salidos del cascarón, se asomaron entre las mallas. El camión tenía un letrero luminoso que decía: .

Era un amanecer cualquiera en la Granja Crujiente Feliz. El sol acariciaba los techos rojos del gallinero y doña Pepa, una gallina ponedora de ceño fruncido, removía la tierra en busca de gusanos. Todo parecía en calma… hasta que un camión enorme, gris como una tormenta, se estacionó frente al portón.

Al amanecer, agotados y cubiertos de tierra, los pollitos llegaron a la ciudad. No sabían a dónde ir, pero encontraron refugio en una azotea abandonada, llena de macetas y una gallina punk que tocaba la batería con picos de botella.

Ahí, entre cartones y latas, Pip comprendió la verdadera lección: Pollitos en fuga- El origen de los nuggets

Fue entonces cuando Pip, temblando pero decidido, subió a una cubeta de plástico.

—Hijos míos —susurró, mientras miraba hacia la planta procesadora al otro lado del camino—, los nuggets no nacen de los árboles. Los nuggets… se hacen .

—Si no hacemos algo, mañana seremos el menú infantil. ¡Hoy comenzamos la fuga! Los pollitos, recién salidos del cascarón, se asomaron

—¡A la zanahoria de emergencia! —gritó Pip.

Los pollitos se organizaron como pudieron. Usaron ligas como resorteras, cucharas como palancas y un viejo mapa de la ruta del camión repartidor que dibujaron en una servilleta. Cavaron un túnel debajo del gallinero (con la ayuda involuntaria de un topo miope) y fabricaron un globo aerostático con bolsas de basura y el aliento de doña Pepa, que era muy caliente por tantos chiles que comía.

—No importa si algún día nos convierten en nuggets —dijo, mientras miraba las luces de la ciudad—. Lo importante es que, mientras tengamos alas… aunque no vuelen mucho… siempre podremos elegir hacia dónde correr. El sol acariciaba los techos rojos del gallinero

—¡Nos van a convertir en cuadritos!

Pero la gran noche de la huida, algo salió mal. El globo se enredó en los cables de la luz, el túnel terminó en la pocilga del chancho Rómulo (quien los obligó a escucharlo cantar rancheras a cambio del paso libre) y, para colmo, el vigilante nocturno —un perro salchicha con problemas de insomnio— los olió a tres metros.

Nadie supo responder. Pero esa noche, la vieja Gallina Sabia (llamada así porque había sobrevivido a tres intentos de sopa) reunió a todos en el establo.

El pánico estalló entre los más pequeños. Corridas, piadas de terror, plumas volando.