Mi primera vez con un perro no fue a los cinco años, con un cachorro regordete y lambón. Fue a los treinta y dos, en un aula vacía, con un pastor belga entrenado para detectar miedo. Y no, no era su primera vez. Era la mía. Y llegaba tarde, con treinta y dos años de retraso. Todo empezó en un zoo. No el de los animales enjaulados, sino el doméstico: la casa de unos vecinos. Allí, con siete años, un perro suelto —un labrador enorme que solo quería oler mis zapatos nuevos— me tumbó de un empujón. No me mordió. No me hizo daño. Pero mi cabeza interpretó aquello como un ataque.
Latidos. Sudor. Ganas de huir. El zoo interior completo. Llegué a ese taller de educación canina por recomendación de mi terapeuta. El título era ridículamente esperanzador: "Primera vez con un perro (para personas con miedo)". Pensé que sería una charla. Error. Había un perro de verdad. Primera vez con un perro por miedo. zoo - Podcast en iVoox
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Hay primeras veces que sabes que van a doler. O al menos eso crees.
Me arrodillé. Extendí la mano. Koda giró la cabeza, me miró un segundo y volvió a mirar hacia otro lado. Como diciendo: "Tranqui, no voy a cobrarte entrada".
Se llamaba Koda. Un mestizo tranquilo, con ojos de quien ya lo ha visto todo. Los organizadores nos pidieron que no intentáramos tocarlo. Solo observarlo. Estar en la misma habitación.