—Debo recuperar un objeto —explicó—. La Semilla . Un dispositivo que los Creadores usaron para transformar mundos en metal. Si Galvatron la activa, toda la vida orgánica en este planeta… cesará.
Tomó la chispa que Cade le devolvió y se elevó hacia el cielo, convirtiéndose en una estrella fugaz.
Antes de que pudieran entenderlo, el camión se transformó solo. De entre placas de metal y engranajes oxidados emergió una figura enorme, roja y azul, con ojos que brillaban como soles cansados.
—No es un motor, mija. Es un corazón.
¿Te gustaría que continúe la historia, o que adapte algún personaje específico como Grimlock o Galvatron?
—Ahora —respondió él, encendiendo un soldador—, inventamos algo que nos defienda de lo que viene. Porque esto no se acaba. Esto apenas empieza.
—No confío en los humanos —dijo—. Pero confío en ti.
—Eres un relicario, Prime —dijo Lockdown, clavándole una espada en el hombro—. Los Creadores me pagarán bien por tu cabeza.
Cade miró el rastro de luz, con Tessa a su lado.
—Si yo caigo, tú enciendes esto. Es mi chispa. Mi último intento. Lockdown tenía la Semilla en su nave, oculta dentro del Monte Rushmore. Con la ayuda de los Dinobots —transformers gigantes con forma de dinosaurios, encadenados por Lockdown en el sótano de la montaña— Optimus planeó una ofensiva final.
Optimus Prime, reparado pero herido, se despidió de Cade.
Optimus Prime había visto suficiente. Con un último mensaje hacia el espacio, desapareció en la noche tejana. Cade Yeager, inventor frustrado y viudo, apenas podía pagar la escuela de su hija Tessa. Su única posesión valiosa era un terreno polvoriento en Texas y un sueño roto de cambiar el mundo con sus inventos.
Optimous abrió su pecho y entregó un pequeño fragmento azul a Cade.
—Grimlock —dijo Optimus, liberando al líder de los Dinobots—. Lucha conmigo, y te daré lo que más deseas: venganza.
Grimlock, un T-Rex mecánico de 50 toneladas, rugió y prendió fuego a los Junkions con su aliento de plasma.